Acabo de terminar de leer la autobiografía de Lewis Black, un comediante. El señor pasó de frente los años sesenta y setentas con el movimiento hippy, la guerra de Vietnam, y la reverberación de la guerra fría en la que al parecer todavía Estados Unidos no se ha compuesto. Durante su travesía, alguno de los personajes extraños con los que se encontró le dijo algo que le hizo dudar de todo lo que rodeaba; es importante considerar que Lewis había tenido ya una vasta experiencia con alucinógenos, lo cual hace de dicha mención una muy importante:
“No importa que es lo que tu producto hace, mientras que se vea bonito.”
La mayoría de los programadores, ya sea para sitios de web o desarrollo local, trabajan primero en la funcionalidad y dejan para después la estética. El problema con este proceso es que para cuando la funcionalidad queda lista, la mente del programador queda tan abrumada, tan exhausta, que la estética no solamente se ve como algo molesto, sino también como algo opcional. Tanto así que seguramente usted, lector, hasta le podría parecer que el tema de este artículo no sea tan importante: “es sólo que el programa se vea bonito; mientras que funcione no importa”. Pero verá: el movimiento de Codigo Abierto ha tenido que batallar para poder meter Linux dentro de computadoras de personas que no son expertas en computación y una de las razones importantes de dicha batalla es que, la verdad, Linux en sus comienzos no era tan apetecible a la vista.
Es importante recordar que la estética, la forma de un programa o de una página web es lo que primero capta la atención del usuario. Estamos en una era en la que uno puede asumir que el programa debe de funcionar (con sus excepciones, claro): la empresa desarrolladora no puede darse el lujo de arrojar un programa al mundo sin una extensa agenda de pruebas y correcciones. Y aún si no funciona, las versiones subsecuentes resolverán el problema. Entonces, la variable que queda para decidir por cual programa irse o de cual página obtener la información es la ‘belleza’ del producto. Esto no solamente implica bonitos gráficos, sino también una interfaz auto-explicable, un diseño que tranquilize a la mente diciendo “así es como funcionó; ya no te preocupes”, en vez de “todavía te falta aprender como hacerme hacer lo que hago”. De hecho, un curso de Psicología Básica enseña que el usuario común al principio ni siquiera le importa si el producto funciona o no, sino cuánto tiempo invierte en entender el programa; esto es directamente proporcional a que tan bello es el programa a sus ojos.
En la Conferencia Mundial de Desarrolladores del 2006, organizado por Apple, se llevó acabo una plática en la que se habló del tema de seguridad. Dentro de los puntos que se platicaron fue la necesidad de crear una plataforma no solamente que cumpla con los requisitos de los protocolos y estándares internacionales, sino que también sea sencilla de entender, que tenga una forma vistosa y que cautive a los usuarios. La conclusión fue: “sistema de seguridad que intimide, sistema de seguridad que no se entiende, sistema de seguridad que no se utiliza”.
Intente algún día seguir los pasos de desarrollo al revés: decida como la página de web o el programa se debe de ver y luego comience a trabajar tras las bambalinas. Dedíquele toda una semana a nada más eso, verá que hace una gran diferencia en el producto final. Programar es como pintar, y para que una pintura comunique su sentimiento no solamente el tema y los colores se deben tomar en cuenta, sino también la luz y el marco que la acompaña.